sábado, 17 de enero de 2026

La casa de verano de Masashi Matsuie

La casa de verano

Masashi Matsuie 

«Al terminar la lectura de un buen libro, nos parece que hemos dejado la compañía de un amigo». Voltaire 

Durante el tiempo que ha durado esta lectura me he sentido abrazada. Cada vez que lo abría sentía paz, calma. Fue un plácido oasis, un lugar donde ovillarme. Fascinada por la prosa poética, por la delicadeza y sensibilidad. 

A priori, el mundo de la arquitectura no forma parte de mis preferencias. Tampoco sé lo bastante como para disfrutarlo. Por eso considero mucho mayor el mérito de la conexión tan profunda con esta historia, con el narrador y el equipo alrededor del profesor. 

He escuchado el canto de pájaros que no sabría nombrar, ni identificar. Puedo imaginar las casas, la madera, los lápices afilados, las maquetas. Ha desatado a mi insaciable curiosidad y he ido en busca de datos sobre arquitectos que se mencionan y algunas de sus creaciones citadas.

Ha sido algo increíble. 

Selección de fragmentos 

Cuando una casa funciona, el cliente recuerda lo que le dijimos al explicarle el diseño inicialmente, y utilizará esas mismas palabras cuando enseña la casa a sus invitados. Las palabras que empleamos nosotros, los arquitectos, serán las que algún día usarán los habitantes de la casa. No hay señal más clara de que uno ha hecho un buen trabajo. 

[…] afilar un máximo de diez lápices por la mañana y por la tarde era una forma de asegurarse de que se había hecho buen uso de los lápices y había trabajado correctamente. Si se afilaba una cantidad mayor, eso quería decir que se estaba ejerciendo una presión excesiva sobre el papel, dibujando con rudeza o con precipitación; en definitiva, era una prueba de que se había actuado sin pensar. Cuando llevas mucho tiempo trazando líneas, a veces se desconcentras; durante esos vacíos de atención, es fácil equivocarse. Por eso es importante observar el desgaste de los lápices. 

Las obras de la mayoría de arquitectos parecen cantos a viva voz, ¿no? Pero la arquitectura del profesor es algo pequeño que te envuelve en voz baja; es como si te susurrara que no importa si no la oyes. 

-Si no eres bueno, no puedes copiar bien a alguien. 

Tenía una letra fina y ágil que hacía pensar en un conejo que se alejara dando saltitos. 

Aunque tuviera amigos sentados a mi lado, cuando leía, era como si estuviese solo. 

La firma, escrita con una tinta tan densa que casi olía, dejaba traslucir, a pesar de tener el trazo algo tembloroso, una gran audacia. 

Era una forma orgánica, en la que las partes sugerían de todo, como un cristal de nieve o la clavija de un instrumento de cuerda. 

Mis ideas llegaron a un callejón sin salida y allí se detuvieron. Una especie de batidora iba removiendo, sin ruido y sin sentido, el interior de mi cabeza. 

Tal vez, para los arquitectos de antaño, crear el diseño de la iluminación y el mobiliario constituyera un momento de diversión final. Ya no se trataba del esqueleto sino de la piel, de una especie de forro del abrigo, de un postre que ponía fin a la comida. Tal vez fuera divertido fabricar aquellos pequeños objetos justamente con su alto coste y falta de practicidad y porque, en su elaboración, podían dar rienda suelta a sus impulsos creativos. Tal vez el profesor hubiera heredado la memoria y la perfección táctil de lo que podía haber sido la distracción final de los arquitectos de la época de Asplund o Wright. 

Con la gente que es muy callada, no es fácil saber si no habla por reserva o porque tiene la cabeza en otra parte. Para quien está delante, una cosa y la otra parecen lo mismo. 

Hay momentos en los que estás de buen humor y te apetece hablar con la gente; otros, en los que quieres estar tranquilo; otros, en los que deseas meterte bajo las mantas a llorar. El ser humano cambia de humor. Es mejor construir espacios que se adapten a sus diferentes estados de ánimo. 

La arquitectura tiene una vida útil, una esperanza de vida determinada. Una obra de arte está concebida solo para ser contemplada, un edificio, no. 

La música que nadie escucha no es más que una fría sucesión de notas. 

La arquitectura cobra vida una vez que ha concluido la construcción del edificio proyectado. [....] Son los usuarios y la época quienes le dan el hálito de vida. 

Sinopsis: Una premiada novela que ofrece un singular retrato del Japón moderno a partir de la apasionante historia de un estudio de arquitectura.

Tôru Sakanishi es un arquitecto recién graduado que se acaba de incorporar a Murai, un prestigioso pero pequeño estudio de arquitectura fundado por Shunsuke Murai, discípulo de Frank Lloyd Wright. Sakanishi se siente profundamente cautivado por la sensibilidad artística y el cuidado que el estudio Murai demuestra en cada uno de sus proyectos. Cuando el caluroso verano llega a Tokio, el estudio se traslada a la casa de verano que Murai tiene en un pequeño pueblo situado en las faldas del monte Asama. Allí, el pequeño equipo de arquitectos, incluidas las dos mujeres por las que Sakanishi se siente torpemente atraído, trabajará en el concurso para el proyecto de la nueva Biblioteca Nacional de Literatura Contemporánea en Tokio.

Ganadora del prestigioso premio Yomiuri y de gran éxito en su país, La casa de verano es una novela originalísima que explora como pocas el fascinante mundo de la arquitectura y el Japón contemporáneo con su oscilación constante entre modernidad y tradición.

Título original: Kazan no fumoto de. Traducción: Lourdes Porta. Libros del Asteroide, Barcelona 2025. Número de páginas: 400. Acceso al inicio.

  

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