Despedidas
Sentía gran curiosidad por su despedida literaria. A lo largo de los años, me ha proporcionado grandes momentos con sus narraciones. He de reconocer que las primeras páginas me dejaron un tanto fría. Seguí porque es Julian Barnes, a quien admiro mucho. Y fue un acierto. No será mi favorito, pero ahí está el sello personal, que tanto me fascina. Su magnífica prosa, su profundidad y su sentido del humor británico.
En esta ocasión copio (sin podar) la larga sinopsis de la editorial porque refleja el contenido y su complejidad.
Finalizo con una tristeza pesada. Asegura que no va a publicar nada más. A mí me cuesta despedirme. Seguiré indagando en los que todavía no he leído (que son unos cuantos).
He guardado muchos fragmentos. Aquí dejo una selección:
La memoria, como nos repetimos a menudo, es identidad.
A menudo paso por alto u olvido cosas importantes: el afán de certeza puede extraviarnos.
La actitud mental, contrariamente a lo que nos gustaría creer, no cambia nada en el desenlace de un cáncer.
Escribir esto -en el momento de escribirlo- me calma. Concentrarme en las palabras, en hacer que sean tan veraces como pueda. Fue igual que cuando Pat (mi esposa) murió. Me protegí del terror y la angustia escribiendo sobre el terror y la angustia, que aparecían cuando no estaba escribiendo.
Todas las muertes causan daños colaterales. El moribundo pronto no sentirá nada, mientras que el afligido seguirá sintiendo la irradiación durante años.
Cuanto más tiempo vives, más monomaníaco te vuelves.
Pero ni la felicidad ni la desdicha son controlables. La alegría, el placer, el interés apasionado -al igual que sus negativos fotográficos, la tristeza, el dolor y el tedio- fluyen sobre nosotros como olas. Podemos tomar medidas destinadas a prolongar lo primero y retrasar lo segundos, pero el cambio es mínimo. Al menos, eso me parece a mí, siempre y cuando uno quiera aprender y admitir la verdad de la vida y la verdad sobre uno mismo.
Cuando empecé a pensar en serio en la muerte, di con una imagen para describirla: no es algo que nos aguarda, un destino al final de un viaje, una estación de la que no partiremos de nuevo, sino más bien pensé en ella como algo que siempre estaba presente, como unas vías que corren paralelas a mi vida. Y en cualquier momento un conjunto inesperado de puntos puede hacer que intercepten bruscamente mi camino y arrasen conmigo.
Sea como sea, un ateo le juró a otro ateo sobre un libro por el que ni uno ni el otro se guiaban en la vida que no haría algo que acabó haciendo.
En estos últimos años he reflexionado mucho sobre la manera en que recordamos a los muertos, en la rapidez con que el recuerdo se convierte en mito y personas que estuvieron vivas se transforman en una serie de anécdotas (pero ¿acaso podía ser de otro modo?).
Yo, desvelado, pensando en cómo ciertas cosas malas podían ser buenas. O viceversa.
De pronto tienes ante ti toda una vida inédita, desconocida, con un pasado aún sin descubrir y un futuro aún por explorar, y mientras tanto hay un montón de cosas de las que hablar. Ese es el placer de los "nuevos nuevos" amigos.
Me creía muy listo, porque había escrito muchos libros; creía saber lo que motivaba a la gente; me consideraba incluso un centro de asesoramiento. Pero había tratado a Jean y a Stephen como si fueran personajes de una de mis novelas, pensando que podía encaminarlos delicadamente hacia los respectivos finales que yo deseaba. Había confundido la vida con la literatura.
Es sólo el universo, haciendo lo suyo.
Traducción:
Jaime Zulaika. Editorial Anagrama, Barcelona 2026. Número de páginas: 216.
Acceso al inicio.
He
leído varias obras de Barnes. La última en 2024 (tal vez la que menos me
entusiasmó): Elizabeth Finch. Desde esa publicación se puede acceder a las
reseñas de otros libros del autor: Niveles de vida, La única historia, Amor,
Etcétera y Arthur & George. Maravillosos los cuatro.






















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