La
isla desnuda
Lola
Nieto
Una
colección de fragmentos que me ha acompañado durante las últimas semanas.
Lectura que hago a la par de otros libros.
En
la recta final me ha resultado menos atractivo. Puede que por reiteraciones. Lo que más me interesa son las curiosidades sobre Japón y una escritura sutil,
vaporosa.
Guardo
numerosas notas y párrafos.
Selección
de textos
Lo
que oía era la canción infantil que en todas las ciudades de Japón suena a las
cinco de la tarde y advierte a los niños que pronto va a oscurecer y deben
regresar a sus casas. Señala al final del día. La luz se acaba. Guareceos.
La
música melódica construye a través de las notas una historia en la que nos
reconocemos y, por eso, nos emocionamos.
Solo
conozco el camino sí lo canto.
En
1971 los trabajadores del servicio postal japonés erigieron un monumento para
el descanso de los espíritus de las cartas que no llegan a sus destinatarios.
Se estima que cada año en Japón casi dos millones de envíos se extravían. Para
que las misivas perdidas reposen en paz, en el cementerio del templo Zenko-ji,
en Nagano, un túmulo las recuerda y las consuela.
En
Japón, el fantasma es lento y silencioso. La cámara dispone un plano largo, sin
cortes, para deleitarse en la contemplación de un ser que de muy lejos y a
leves pasos parece acercarse, comedidamente, tímidamente, en la vivencia de un
ritmo propio que pone en yuxtaposición dos mundos: el de los vivos y el de los
muertos. Dos canciones del cuerpo como metonimia sonora de la existencia. Los
fantasmas bailan una melodía que los vivos no pueden oír, habitan una
frecuencia que escapa a sus oídos. Por eso, los fantasmas en Japón no vienen a
dar miedo, sino a constatar su tristeza. Están perdidos en sus músicas, solos,
son frágiles, huérfanos. Ansían una cierta atención, la acaricia imposible, el
oído compasivo.
En
Japón, un fantasma es un monstruo que implora infinita ternura.
En
un cementerio de Tokio, el huerto de una casa crece al borde de las tumbas.
En
Japón, lo antiguo no se venera. En Japón, se respeta la vida y lo vivo muere,
por tanto, lo antiguo es una anomalía detestable [...] Los santuarios
sintoístas son desmantelados por completo y construidos de nuevo cada veinte o
treinta años. Nada en Japón tiene intención de embaucar al tiempo. Ni siquiera
lo sagrado. Mucho menos lo sagrado, porque por serlo está estrechamente ligado
al ciclo natural de las cosas. Lo sagrado no huye de la devastación, no tiene
la fantasía de lo eterno, no se erige como vestigio.
Inemuri
es la cualidad que todo japonés posee para quedarse dormido en el transporte
público y despertar justo en la parada en la que debe descender.
Antaño,
se creía que cuando alguien bostezaba estaba siendo acariciado por un dios. Por
eso como en algunas regiones de Japón, la palabra bostezar también
significa "rendir culto".
En
japonés, una única palabra significa "escribir" y
"dibujar".
No
aprendo a escribir. Pinto las cosas que pronuncio.
Las
mujeres no pueden ser actrices de teatro kabuki. Es una prohibición que se
decretó hace casi cuatrocientos años y aún sigue vigente. El kabuki, no
obstante, fue creado por una mujer.
Sinopsis:
Lola Nieto alquiló una casa en Kioto.
Estudió el idioma, escuchó el canto de los pájaros en el jardín abandonado del
vecino y oyó el escupitajo de un anciano que cada mañana pasaba junto a su
puerta. Allí, tras paredes correderas de papel y sobre los suelos de tatami,
habitaba un espacio situado entre dos reinos sonoros. Se movía entre el español
y el japonés al igual que las itako —las chamanas ciegas que viven en el
antiguo volcán de Osorezan— van y vienen del más allá para hacer hablar a los
muertos. La isla desnuda nos embarca en una travesía de ida y vuelta: nos
adentra en los kanjis; los santuarios del shinto y sus rituales; los daimones,
las chamanas y los kami; las atrocidades que recorren la historia de Japón así
como su teatro, su cine y su literatura. Y nos devuelve a una lengua materna,
contaminada y extrañada, en la que de los sonidos de las palabras brotan
racimos de significados impensables. En estas páginas, la escritora contorsiona
el lenguaje y deshace su historia hasta invocar el origen de cada término. El
resultado es un encantamiento en el que resuena el dolor por la enfermedad del
padre, la ternura y el silencio. La palabra de la autora cae en la página como
una piedra en un río. La reflexión, el diario y el poema se congregan aquí como
las ondas concéntricas que se dibujan sobre la superficie del agua. La
precisión, la plasticidad y la imaginación auditiva que Lola Nieto combina en
esta obra delicadamente monstruosa la sitúan como una de las ensayistas más
sugerentes de nuestra lengua.
La
Caja Books, Picassent 2024. Número de páginas: 288.