El encantador arte coreano de escribir cartas
Juhee Mun
Durante mi adolescencia y hasta que los coreos electrónicos se convirtieron en habituales, escribía cartas, muchas cartas. Forman parte de una etapa de mi vida, y sin duda, del andamio firme en mi crecimiento con la escritura y el narrar historias.
Ahora lo veo tan lejos. Y al leer este libro me he llenado de múltiples sensaciones. Es un homenaje a las cartas. La escritora abre una tienda especializada en Seul. Menuda osadía. Y, al poco tiempo, lo amplia a otro barrio y otro local. Con ella vamos descubriendo un universo de historias, de papel y sobres, de remitentes desconocidos. Habla de sus propias indagaciones, de su experiencia comercial y personal.
Delicado.
Va a ser el regalo especial del verano a una persona a la que creo le va a
encantar. Lo leí de la biblioteca y voy a comprar otro ejemplar para mí y
volveré a él de vez en cuando.
Fragmentos seleccionados
Las cartas exigen lentitud: imponen un ritmo más pausado y no ofrecen la gratificación instantánea de un mensaje de texto o un post en una red social. Antes de escribir una carta, hay que tener pensadas y preparadas unas cuantas cosas: papel de un determinado tamaño, material de escritura adecuado, un espacio que permita la concentración y, lo más importante: tiempo. […] Por eso, si alguien me escribe una carta, entiendo que ha tenido que dejarlo todo de lado para dedicarse a mí. Es algo tan generoso que cuando recibo una carta esbozo siempre una sonrisa que se dibuja en mi rostro antes de abrir el sobre. Tanto si le ha dedicado una hora como si han sido sólo diez minutos, esa persona ha hecho uso de un tiempo muy valioso con la intención de crear algo en exclusiva para mí.
Las cartas son sin duda únicas: algo que tan sólo el remitente podría haber creado. Me maravillan la motivación y la disciplina de las personas que las envían con regularidad.
Me parece indiscutible que lo que más tarda en llegar, más tiempo permanece en el corazón, y por eso mismo recurrimos a las cartas cuando queremos que los demás nos tengan en el recuerdo.
Para mí, la escritura epistolar no deja de ser en el fondo una forma más de contar historias.
Traducción: Antonio Padilla Esteban. Editorial Salamandra, 2025. Número de páginas: 144. Acceso al inicio.
El agente topo
El punto de partida es genial. La primera parte transcurre dentro de una infiltración atípica y rebosante de ternura. Sergio Chamy está increíble. A medida que avanza pierde cierto brillo y se adentra de forma muy tímida en los rincones oscuros de la soledad y el abandono. Una mirada con humor y amor.
Sinopsis: Sergio es un espía chileno. O algo parecido. Al menos, se le ha ofrecido este trabajo después de un casting organizado por el detective Rómulo, un investigador privado que necesita a un topo creíble para infiltrarse en un hogar de jubilados. La cliente de Rómulo, una hija de una residente, sospecha que su madre podría estar siendo maltratada, por lo que le contrata para descubrir qué es exactamente lo que está sucediendo en la residencia. Sergio tiene 83 años y no es precisamente el agente 007, por lo que no le resulta nada fácil aprender a manejar la tecnología y la metodología de espionaje. Mientras trata de recolectar pruebas, entabla amistad con algunos de los jubilados y se da cuenta que la supuesta terrible verdad que buscaba no tiene absolutamente nada que ver con lo que tanto él como Rómulo habían sospechado.
Dirección y guion: Maite Alberdi. Documental, Intervenciones de: Sergio Chamy, Rómulo Aitken, Marta Olivares, Berta Ureta, Zoila González, Petronila Abarca, Rubira Olivares. Música: Vincent van Warmerdam. Fotografía: Pablo Valdés. Chile 2020, 86 min. Festival de San Sebastián: Premio del Público.






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