
Durante unos cuantos viajes de tren me ha acompañado “La elegancia del erizo” de Muriel Barbery, y ha hecho mucho más llevadera mi ansia por llegar puntual, objetivo que para la RENFE resulta totalmente irrelevante, y que durante todo este año no han conseguido NI UN SOLO DÍA. Busco estrategias de relajación, en la música, y ahora en la lectura. He aprendido a evadirme, a pasar por alto los anuncios de las estaciones, las conversaciones ajenas, y, lo más importante, a no mirar obsesivamente el reloj.
Si a estos grandes beneficios, añadimos la diversión, pues resulta totalmente gratificante.
Una portera de un elegante edificio se esmera continuamente por aparentar, por encajar a la perfección dentro de los arcaicos estereotipos atribuidos a su profesión. Los vecinos, burgueses, y residentes en sus viviendas de lujo consideran a esta mujer como un elemento meramente funcional.
En uno de estos grandes pisos, Paloma también se esconde, de su familia, en cualquier rincón, y bajo una careta que se va construyendo. Se refugia en su diario.
Dos almas gemelas destinadas a comprenderse. Será la llegada de un nuevo propietario quien desenmascare a ambas.
Me ha gustado muchísimo, me he reído con ganas, me ha enganchado desde las primeras líneas.

A punto de terminarlo, estrenan la adaptación al cine: El erizo (Mona Achache, Francia 2009) y decido verla, asumiendo el riesgo. Ya lo he dicho varias veces, y realmente no puedo evitar hacer comparaciones. Una vez más, la película está muy por debajo del texto original. Con un tono triste, y unas cuantas lagunas, no alcanza la complicidad con el espectador.
HACE UN AÑO: Radiohead – Daydream Festival